FIDUCIA Y CONFIANZA

La confianza traicionada: un riesgo universal

Cada uno, o casi, en su vida privada como en su vida profesional, se ha visto un día u otro, o se ve hoy, enfrentado a una situación en la que la confianza ha sido quebrada, por una mentira, un engaño, una traición o, sencillamente, por promesas incumplidas. Todos hemos sido y somos, cada día, inundados de noticias que tomamos en serio y a las que damos crédito, a falta de poder verificarlas, hasta descubrir que son falsas antes de dejar, acto seguido, de creer a quienes las publican. Peor aún, en ciertos casos extremos, algunos que confiaron en un charlatán se han visto estafados, violados, asesinados.

Y lo que es cierto para la vida privada y profesional lo es también para la vida pública: casi todos los pueblos, en un momento u otro de su Historia, han confiado en oradores excepcionales, vendedores de sueños, que después los han decepcionado, arruinado o, peor aún, sometido a una dictadura.

 

Cada vez, tras haber sido así víctima de semejante traición, uno se dice que no volverá a caer, que la próxima vez será más vigilante, más desconfiado; que no concederá ya tan fácilmente su confianza. Muchos, sin embargo, recaen. Hasta volverse escépticos, amargos, suspicaces, a veces incluso paranoicos.

¿No se dice, después de todo, que la Historia se repite?

Y sin embargo, una vida privada serena, como una organización social vivible, supone un mínimo de confianza en los demás: una familia estalla si sus miembros no confían unos en otros. Una empresa quiebra si la confianza no reina entre quienes la animan; un régimen político se derrumba si no se puede confiar en los contratos, en la moneda, en la seguridad en las calles, en la obediencia de los demás a la ley, en la veracidad de las informaciones difundidas por los medios de comunicación.

¿Cómo saber entonces en quién se puede confiar?

Algunos se fían de la claridad de la mirada, de la fuerza de los argumentos, de la aparente sinceridad de los sentimientos, de la empatía que desprende el otro. Algunos se fían de su intuición y eligen muy deprisa en quién confiar. Otros necesitan tiempo y pruebas; llegan incluso a veces a tender trampas para comprobar si el otro es coherente; otros más, menos infrecuentes de lo que se piensa, creen porque quieren creer, aunque, en su fuero interno, tengan dudas, o incluso certezas: se puede amar a un mentiroso, o a una mentirosa, y negarse a reconocer ante uno mismo que se sabe que miente.

¿Existen medios más serios? En realidad no: no hay recetas mágicas ni programa infalible para saber en quién confiar. Cabe, no obstante, reunir un conjunto de indicios:

En la vida privada, una persona de confianza debe ser coherente en sus palabras, y sus palabras deben ser coherentes con sus actos, en el presente y en su pasado; debe poder aportar pruebas de que fue digna de confianza en el pasado y de que también lo es hoy con otros. No basta con ello, pues alguien puede ser, o haber sido, en un momento dado, digno de confianza, y después cambiar y convertirse en un mentiroso, un tramposo, un ladrón.

En particular hoy, ¿cómo confiar en los allegados cuando la apología de la libertad se confunde con la de la reversibilidad de las decisiones, de la inestabilidad de los contratos, personales o profesionales? ¿Y cómo confiar en una clase política, de todos los signos, que ha arrastrado, tanto por esas decisiones como por sus renuncias, al mundo al caos en que se encuentra?

Del contrato a la fiducia del derecho francés : cómo el derecho asegura la confianza

En derecho, este problema inherente a la fragilidad y a la volatilidad de la confianza a través del tiempo y de las épocas ha sido resuelto por el contrato, que fija los derechos y las obligaciones de las partes a fin de delimitar los deberes de cada uno y de sancionar judicialmente todo incumplimiento.

La fiducia viene del latín fiducia y significa, precisamente, confianza. El equivalente inglés de la fiducia es el Trust, cuyo significado no dice otra cosa. La fiducia es por tanto la herramienta de la confianza por excelencia y esta confianza se expresa muy naturalmente a través de un contrato.

En el terreno de la confianza, es incontestable que la fiducia ha demostrado su valía al haber atravesado desde hace 2.000 años todos los sistemas jurídicos desde sus raíces procedentes del derecho romano. Ya sea en Europa, en el Reino Unido, en los Estados Unidos, en África, en la India o incluso en China, la fiducia – y su equivalente anglosajón el Trust – se utiliza en todas partes del mundo.

Habida cuenta de este imperativo de confianza particularmente exigente, el legislador se ha cuidado de limitar el derecho a ser Fiduciario únicamente a tres categorías de entidades mercantiles (las compañías de seguros, los bancos y las sociedades de gestión) y a los solos miembros de la profesión de abogado.

Estas cuatro profesiones, reputadas por su alto grado de rigor, saben mejor que nadie la importancia de la confianza. Es el oro invisible que rige, sin embargo, todas las relaciones humanas desde la noche de los tiempos.

Ello da la medida del nivel de confianza que el legislador otorga precisamente a la profesión de abogado, y del hecho de que esta profesión es, según los trabajos parlamentarios, «la más adecuada para dominar el conjunto de las reglas que permiten el ejercicio serio de esta actividad, en particular por su experiencia en el contencioso».

Confiar su patrimonio a un abogado fiduciario

Confiar la gestión de la totalidad o de parte de su patrimonio a un abogado fiduciario equivale, por tanto, a asegurarse los servicios más especializados de un profesional de la confianza que se dedicará a gestionarlo según las instrucciones que se le impongan en el contrato de fiducia del derecho francés, ya sea como un buen padre de familia si se trata de preservarlo con prudencia, o de manera más dinámica si conviene enriquecer y acrecentar rápidamente el Patrimonio Fiduciario en interés del/de los Beneficiario(s) designado(s).

Esta elección no debe, por tanto, hacerse a la ligera y debe recaer preferentemente en el Fiduciario más experimentado y que disponga, evidentemente, de la mayor solidez financiera y del mayor equipo de gestión posible.

Preguntas frecuentes sobre la fiducia y la confianza

¿Por qué la confianza es central en la fiducia?

La fiducia del derecho francés se basa en la transferencia de bienes a un fiduciario encargado de gestionarlos en interés del beneficiario. La relación de confianza es, por tanto, esencial: el derecho la regula mediante obligaciones estrictas y una responsabilidad del fiduciario.

¿Cómo asegura el derecho esta relación de confianza?

El fiduciario está sujeto a una obligación de rendir cuentas, a una separación estricta de los patrimonios y a una responsabilidad personal. El contrato de fiducia define con precisión su misión, lo que protege al constituyente frente a todo abuso.

¿Por qué confiar su patrimonio a un abogado fiduciario?

El abogado fiduciario reúne experiencia jurídica, obligaciones deontológicas (secreto profesional, independencia) y responsabilidad reforzada. Ofrece una garantía de seriedad y de neutralidad superior a la de un simple mandatario.

¿Qué ocurre si el fiduciario traiciona su misión?

El fiduciario incurre en responsabilidad y puede ser sustituido o sancionado. Los bienes fiduciados, aislados en un patrimonio de afectación, permanecen protegidos, lo que limita fuertemente el riesgo para el constituyente y los beneficiarios.

¿Es la fiducia una herramienta fiable?

Sí. Regulada por la ley desde 2007 y declarada a la administración, la fiducia ofrece un marco jurídico seguro, transparente para las autoridades y protector para las partes, siempre que sea redactada por un profesional competente.

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