FIDUCIA Y JUBILACIÓN: RENUNCIAR NUNCA COMPENSA

¿Está condenado el régimen de pensiones por reparto ?
Ya nadie se hace ilusiones: en los próximos años no habrá suficiente dinero para pagar las pensiones de jubilación en sus niveles actuales.
La constatación es triple: en primer lugar, porque hay cada vez menos activos por jubilado; después, porque existe un descenso estructural, en todos los continentes (con excepción de África), de los nacimientos y de la demografía; y, por último, porque los franceses ya no cotizan durante el tiempo suficiente.
Mientras toda Europa se dispone a trabajar hasta los 70 años, una gran parte de los franceses lucha por no jubilarse hasta los 67 años y, a ser posible, por volver a la jubilación a los 65 años.
La situación es insostenible en el plano económico, pero el gobierno opta sin embargo, por razones políticas, por suspender la reforma a corto plazo, a riesgo de agravar la situación a largo plazo.
Sin embargo, la Historia nos enseña que nunca se gana renunciando.
Se plantea, pues, abiertamente modificar el sistema de pensiones por reparto optando unas veces por la jubilación por puntos y otras por la capitalización. Ambas soluciones constituyen, sin embargo, una trampa tendida al activo actual y al futuro jubilado. Por una parte, porque el activo actual sigue cotizando cada mes para los jubilados actuales. Por otra, porque ese dinero nunca servirá para alimentar su propia jubilación, dado que mañana no habrá una demografía lo bastante fuerte para sostener el número de jubilados a los que habrá que indemnizar.
Dicho de otro modo, el asalariado o el empresario de hoy paga por los demás con la certeza de que mañana nadie pagará por él, tanto más cuanto que el sistema de pensiones ya es ampliamente deficitario.
¿Una generación sacrificada ?
He aquí por qué varios analistas hablan ahora de generación sacrificada. Esa generación que pagará por las demás sin beneficiarse a cambio de las mismas consideraciones para sí misma, a fin de soportar el paso de un sistema a otro.
En este contexto, nuestro lector tiene dos soluciones, una de ellas, sin duda, mejor que la otra:
En primer lugar, resignarse ante la fatalidad y esperar inevitablemente a que la suerte se abata sobre él dentro de algunos años. Un poco a imagen del borracho que busca sus llaves bajo una farola, no tanto porque las haya perdido allí, sino porque es allí donde hay luz… dicho de otro modo, renunciar.
En segundo lugar, negarse a renunciar y tomar las riendas organizando, desde ahora, su propia seguridad financiera.
A estas dificultades estructurales del régimen de pensiones se añade además el hecho de que, de aquí a diez o veinte años, las tasas de desempleo (y por tanto el número de inactivos a los que habrá que indemnizar) corren el riesgo de ser mucho más elevadas que hoy en razón del desarrollo fulgurante de la inteligencia artificial y de la robótica.
Las amenazas son numerosas y provienen de horizontes distintos. Conviene, por tanto, prepararse para ellas desde ahora.
A este ritmo, es inevitable que el Estado se encuentre próximamente en la imposibilidad de honrar las pensiones de las generaciones futuras, que los déficits continúen creciendo y que los más acomodados huyan a causa de impuestos excesivos.
Ahora bien, la sociedad piensa insuficientemente en los grandes problemas que pronto deberá afrontar. Hoy está casi enteramente tendida hacia un objetivo casi único: criticar a quienes la dirigen. Digan lo que digan, propongan lo que propongan, expliquen lo que expliquen, hagan lo que hagan, las poblaciones ya no los quieren. Ese rechazo obsesivo se traduce en un programa implícito común a todas las oposiciones que, una vez en responsabilidad, no harán otra cosa que tomar de los más ricos, o incluso de los menos pobres, con el único fin de mantener el modelo social y el sistema institucional tal como está.
Frente a esta renuncia, el mundo del mañana que se prepara desde ahora conllevará un aumento de los impuestos que hará huir tanto a los inversores como a los empresarios, acompañado de egoísmos soberanistas que harán huir a los talentos.
Conforme a esta constatación, no hay entonces razón para sorprenderse si se ve, año tras año, a Francia retroceder según todos los criterios posibles: justicia social, deuda pública, déficit presupuestario, déficit comercial, déficit de la balanza de pagos. Tampoco hay razón para sorprenderse de que el poder adquisitivo haya aumentado menos deprisa en Francia que en Alemania y de que la pobreza haya aumentado allí más deprisa que en otros lugares. Más aún, tampoco hay razón para extrañarse de que los empresarios y los capitales se marchen y de que todos los franceses estén habitados en adelante por una angustia existencial ante los desafíos himaláyicos del porvenir.
En este contexto, es pues más vital que nunca implantar, mientras aún estamos a tiempo, las herramientas y los dispositivos que, mañana, servirán no solo para protegerle a usted sino también a sus allegados.
La fiducia renta
La fiducia renta : preparar uno mismo su jubilación
La fiducia renta, modalidad de la fiducia del derecho francés, consiste en concentrar en un patrimonio de afectación, tanto para uno mismo como por cuenta de un tercero, la totalidad o una parte de un patrimonio en manos de un abogado fiduciario.
La aportación de ese patrimonio a la fiducia permitirá blindarlo.
Este Fiduciario tendrá el cometido exclusivo de gestionar los capitales invirtiéndolos y de abonar la renta y/o destinarla al pago de los gastos de un jubilado o de un mayor vulnerable.
El riesgo de incumplimiento de la obligación de transferir a la fiducia los capitales por fallecimiento queda descartado gracias a la orden dada a la compañía de seguros de abonar los capitales al notario encargado de la liquidación de la sucesión del progenitor tomador.
Al ser libre el cometido conferido al Fiduciario, es posible prever toda clase de supuestos en los que este podrá liberar cantidades para determinados gastos que deba efectuar el mayor vulnerable.
Recuperar el control de su futuro financiero
A nuestro lector que sabe que no puede impedir la marcha del mundo pero que, sin embargo, no quiere resignarse a sufrir esa suerte, le recomendamos que preste atención a los puntos siguientes:
Tomarse su futuro en serio, de verdad.
Entendemos aquí que no basta con abrir un Plan Epargne Retraite, un seguro de vida, aportar 100, 200, 500 o 2.000 euros al mes (según los medios de cada cual), ni comprar un inmueble para destinarlo al alquiler. Salvo que se disponga de un capital considerable, estas soluciones – aunque respetables – no son sino paños calientes frente a un reto y un problema mucho más amplios. Más vale ser lúcido: el océano no se vacía a cucharadas.
Para ello se requiere un estudio en profundidad de la situación, de los objetivos y de las limitaciones específicas que han de considerarse, a fin de definir una línea de conducta duradera y atenerse a ella. Su futuro y su seguridad financiera exigen una dedicación continua, regular y rigurosa, al igual que su vida privada.
No lo logrará solo.
El mundo se ha vuelto hasta tal punto complejo que, sea cual sea su nivel de competencia y de experiencia, necesitará estar bien rodeado para (i) identificar los riesgos, (ii) implantar las soluciones capaces de afrontarlos, (iii) garantizar la permanencia de esas soluciones en el tiempo y (iv) hacer frente a los avatares de la vida y ser capaz de adaptarse a la evolución constante de la legislación.
En este punto, no escatime en la calidad de quienes le protegen, garantizan su seguridad jurídica y protegen su patrimonio. Nadie sería tan insensato como para poner su vida en manos de un cirujano cuya reputación y experiencia no fueran irreprochables.
No lo haga tampoco con su futuro financiero. En todo cuanto atañe a cuestiones vitales, necesita sencillamente a los mejores.
Ser lúcido y no perder tiempo.
Por último, debe ser lúcido, y serlo profundamente. Lúcido en el sentido de que habrá de aceptar adaptar sus estrategias, conforme a las recomendaciones de sus asesores, a la evolución del entorno, pero sin por ello seguir las modas ni ceder a los cantos de sirena. Deberá aceptar, en ocasiones, hacer sacrificios y transigir para alcanzar el objetivo.
El objetivo aquí no es tomar decisiones apresuradas al vaivén de unos estados de ánimo, forzosamente cambiantes, para aliviar una incomodidad inmediata sino, al contrario, saber mantener un rigor exigente con vistas a un resultado mucho mayor. Así, cuando dentro de algunos años contemple el camino recorrido y la situación privilegiada en la que se encontrará al recoger el fruto de sus esfuerzos, frente a quienes no tuvieron ese mismo rigor, podrá experimentar ese delicioso sentimiento de decir: ¡Lo hemos conseguido!
Ese rigor, lejos de ser mera retórica, le permitirá asegurar su independencia y su autonomía con, por ejemplo, una fiducia renta (la fiducia del derecho francés) que se encargará de garantizarle un nivel de vida acorde con sus necesidades.
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La Historia nos enseña que las promesas del Estado, como las de la mayoría de las personas, no resisten la prueba del tiempo. En efecto, todos hemos conocido a amigos, colegas o socios dispuestos a formular grandes promesas al inicio de la relación pero sin ser, en realidad, capaces de asumirlas en el tiempo: ya sea al cabo de una semana, de un año, de tres años, de trece años o de cincuenta años, poco importa, el compromiso adquirido no se ha cumplido y esa ruptura de la palabra dada tiene siempre siniestras consecuencias. Aunque a menudo sean después esos mismos individuos quienes acaban lamentando sus propias traiciones cuando por fin miden la importancia de lo que han perdido. He ahí por qué nunca se gana renunciando.
Los Estados, por desgracia, tampoco escapan a esta triste regla y pocos son los capaces de atenerse a ella respecto de sus propias poblaciones. El General de Gaulle lo recordaba, por lo demás, con cinismo: «Los Estados no tienen amigos, solo tienen intereses.»
Pero los Estados, a enorme diferencia de los individuos, no tienen una duración de vida limitada y los ciudadanos de hoy ya no estarán en este mundo dentro de un siglo para recordar esas promesas incumplidas. Cada generación es, al fin y al cabo, virgen de los ultrajes del tiempo que hubo de sufrir la generación precedente, al no haberlos vivido directamente.
Sin embargo, sabemos que esos extravíos del alma nunca son una fatalidad y que, para quienes son capaces de cumplirlos, la recompensa está siempre a la altura del esfuerzo realizado: respetabilidad, confianza, notoriedad y prosperidad.
Es, desde hace siglos, la marca de las grandes casas y de las grandes naciones.
Pero para quienes, como nosotros, consideran que nada es más valioso que la palabra dada y se toman su futuro en serio, la fiducia tiene serias soluciones que proponerle y con razón: fueron concebidas y pensadas hace ya más de 2.000 años, en la época romana, para atravesar los embates del tiempo.
Así pues, cada vez que se sienta tentado de renunciar a sus propios compromisos: recuerde esta máxima del Emperador romano Nerva: «numquam lucramur cedendo» (Nunca se gana renunciando).
Nerva, «numquam lucramur cedendo»
Preguntas frecuentes sobre la fiducia del derecho francés y la jubilación
¿Cómo puede la fiducia complementar mi jubilación?
La fiducia-renta permite blindar un capital confiado a un fiduciario que lo gestiona y abona una renta periódica al beneficiario. Es un complemento de jubilación a medida, independiente de las incertidumbres de los regímenes por reparto.
¿Es la fiducia más segura que un contrato de jubilación clásico?
La fiducia ofrece una garantía sólida: los bienes fiduciados forman un patrimonio de afectación distinto, protegido frente a los acreedores y gestionado estrictamente conforme a la voluntad del constituyente, algo que no permiten todos los productos de ahorro para la jubilación.
¿Puedo prever el pago de una renta a un allegado tras mi fallecimiento?
Sí. La fiducia permite organizar el pago de una renta a un cónyuge, un hijo o un allegado vulnerable más allá del fallecimiento del constituyente, encomendando esta misión a un fiduciario profesional.
¿A partir de qué importe tiene sentido una fiducia-jubilación?
La fiducia se dirige sobre todo a los patrimonios significativos que desean una gestión segura y personalizada. Un estudio patrimonial previo permite comprobar su pertinencia frente a otras soluciones (seguro de vida, PER).
¿Quién gestiona los fondos depositados en fiducia?
Los fondos son gestionados por un fiduciario, a menudo un abogado fiduciario, sujeto a una misión precisa definida en el contrato y a una obligación de rendir cuentas. El constituyente conserva el control de los objetivos asignados a la gestión.
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